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sábado, 15 de septiembre de 2018

Las flores de Isla Negra

 (Pablo Neruda, 23 de septiembre de 1973)

La carretera de la costa lleva
a un bosque
con pequeñas
casas prefabricadas.
A lo lejos
 se ven los pilotos azules
de los remolcadores.
La casa está en la playa.
Hay un balcón
hecho para esperar
el salto mineral de las ballenas.
La luz es como un fuego.
Neruda está junto a la empalizada.

Aquel día, la gente iba llegando
muy despacio
al borde del océano.
Algunos se sentaban a leer; otros, dejaban
junto a la puerta velas encendidas
o traían banderas.
Cerca de las ventana, en los cuartos
apagados, se ve la mesa con las fotos
de Whitman y Rimbaud,
el salón con los grandes mascarones
que descienden al suelo
como ángeles marinos: uno lleva
una rosa en la mano
y otro tiene ojos tristes gastados por las olas.

Antes de irme -sigue
contándome Christina- ya era casi
de noche. Había puestos
iluminados. El viento apagaba
las velas. Yo compré
esta pequeña caja de cobre
y puse en ella
dos flores de la tumba de Neruda.
Aquel viento
sonaba igual que el mar sobre un embarcadero.
Volví a mirar la casa,
como si de repente
fuera a encenderse la luz de una ventana.
Hay ángeles que buscan
playas abandonadas donde olvidar el cielo.

Pensé en las flores
porque siempre dices
que Neruda es el gran poeta de la vida,
gracias a él
la lluvia del jardín
se convierte en manzana.

Benjamín Prado: Cobijo contra la tormenta, 1995

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