El hombre soviético es mi amigo. Reconozco sus ojos. No miente, se limita a retorcer los músculos maxilares con resignación. Envejece en silencio y se deja crecer el bigote en su angosto apartamento; los días de diario toma té fuerte y los de fiesta, vodka. Cuando voy invitado a casa de alguien, lo primero que hago es fijarme en el papel pintado: si es viejo, de flores, con manchas de humedad, con burbujas, cubierto con fotografías o calendarios estúpidos, estoy en una casa donde me van a entender. Aquí viven con honradez, no se fían de nadie, desprecian a mucha gente, no se cansan de beber té y esperan que todo esto termine alguna vez. Bienvenido al mundo de los casos perdidos, de los que no son atractivos, de los encerrados en sí mismos, de los que no ven más allá de sus narices. Aquí tengo mi hogar, no necesito otro.
DJ Stalingrad, "Éxodo" (2011)