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domingo, 25 de junio de 2017

CUADERNO DEL DOMINGO

Caminamos hacia Eli Zabar, el supermercado de la calle 80, al que tantas veces fui a comprar el mejor consuelo para el constipado en el invierno, la Matzo Ball Soup. Hay que proveerse de felicidad para la noche del domingo que está a punto de empezar, a las cuatro y media de la tarde; hay que neutralizar la melancolía infantil de la víspera del lunes con una buena sopa judía, un queso Idiazábal, carrot cake, un pan cercano al francés, pastel de cangrejo y tomates mexicanos.. Compro unas flores para simular una incipiente primavera, y salimos cargados a la avenida por la que avanza con dificultad muy poca gente, con aspecto de caminar hacia casa en esta noche anticipada que invita al recogimiento.

Elvira Lindo: Noches sin dormir

domingo, 4 de junio de 2017

CUADERNO DEL DOMINGO

Washington Square nevada, solitaria y sin apenas tráfico, parece ahora mismo una estampa de Henry James (...). Y de los numerosos krickerbockers que expresan bajo el arco de triunfo su descontento social de los domingos por la mañana.

Elvira Lindo: Noches sin dormir

viernes, 27 de enero de 2017

En el tiempo amorfo del trabajo por cuenta propia las manías y las costumbres ordenan el tiempo.

Elvira Lindo: Noches sin dormir

domingo, 24 de marzo de 2013

CUADERNO DEL DOMINGO

Montar un melodrama

Que la tarde del domingo tiene un nosequé tristón, ya se ha dicho; que llevamos impreso en la memoria el calendario escolar, ya está dicho; que sobre las seis de la tarde del domingo empieza a asaltarnos la antigua sensación de no haber hecho los deberes y haber imaginado que el fin de semana sería eterno, ya está dicho; que el efecto es demoledor si al hecho de ser domingo se le añade que es el último día de la Semana Santa, ya está dicho. A eso se le puede sumar la sensación de acabamiento del domingo que da salir del cine y que sea de noche, que el taxista te torture con una retransmisión deportiva a un volumen irritante, que no encuentres un restaurante abierto, o que vayas a un bar de tapas y esté vacío y nadie te propine codazos para pelear un lugar en la barra. Todo muy triste. Esa es la razón por la que el domingo hay que tomar medidas terminantes que impidan que brote esa tonta melancolía infantil. Opino que es mejor recogerse pronto: pasear por una calle con los establecimientos cerrados y las aceras vacías es algo que sólo puede gustarle a aspirantes a escritores, de esos que todavía creen que hay que favorecer experiencias lánguidas para escribir libros lánguidos en los que se aborde la incomunicación de nuestro tiempo. No. Eso es un sarampión. Se padece una vez y queda uno inmunizado. Prosigamos: se vuelve a casa pronto tras haber pasado la mañana comprando cosas inútiles en los mercadillos y tras la lectura de dos o tres artículos de periódico (puede ser el mío o puede ser el de otro) se disponen él o ella a preparar una cena ligera y exquisita, evitando, en la medida de los posible, batir huevos. El sonido de batir de huevos es demoledor, nos retrotrae a patios interiores y cenas para salir del paso. No. En la cena del domingo hay que esmerarse. Se coloca todo artísticamente en la mesa baja del sofá, como si fuéramos a recibir una visita, y se abre un buen vino. El sonido del descorche es altamente recomendable. El remate perfecto es tener capítulos de una serie por ver. Me vienen a la memoria los domigos felices que pasé con Mad Men. Una felicidad fugaz, ya que la adición a Don Draper y a Peggy me hizo pulirme la serie en dos domingos. Pero, sin duda, el mejor antídoto contra el síndrome del apagamiento dominical es disfrutar una serie de estreno que se emita el mismo domingo. Ah, esa sensación de novedad.

Elvira Lindo: "El País Domingo", 24/04/2011.

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