Cuando era chica me encantaba ir al cementerio. Los domingos a la mañana, la abuela cortaba una brazada de flores, las metía en un balde y las dejaba a la sombra para que aguantaran frescas hasta después del almuerzo.
El camino era largo y lo hacíamos a pie, pero valía la pena. A veces venían también mi madre y mi tía. Los que no faltábamos nunca éramos el Andrés y yo.
(...) Parábamos en la tumba de cada pariente. La repartija de flores nos llevaba buena parte de la tarde. Después la abuela descansaba y nosotros corríamos entre las tumbas.
El camino era largo y lo hacíamos a pie, pero valía la pena. A veces venían también mi madre y mi tía. Los que no faltábamos nunca éramos el Andrés y yo.
(...) Parábamos en la tumba de cada pariente. La repartija de flores nos llevaba buena parte de la tarde. Después la abuela descansaba y nosotros corríamos entre las tumbas.
Selva Almada: "Cementerio" (El País, 7/08/2015)