Veinte años más tarde, a comienzos de los ochenta, aunque yo ya soy adulto, por la fuerza de la tradición a veces voy el domingo a comer a casa de mis padres, que ahora viven el París, en la Porte d'Auteuil. El guión se repite de manera idéntica. La comida empieza más o menos normalmente y, de repente, con un pretexto cualquiera, una ensalada mal aliñada, un rábano mustio, una cuchara caída, surgen las primeras salvas. Mi madre se pone pálida, pide a mi padre que se calle.
-Cállate tú, que no le importas a nadie.
Él insiste. Entonces ella, de manera automática, empieza a toser. ¡Síntoma fatal!
-¿Qué es ese ruido? Ve a escupir si estás enferma.
-No estoy enferma. Estoy carraspeando.
El decorado ya está montado, la dramaturgia ya me la sé de memoria. La tensión sube sensiblemente, como una fiebre. un incidente degenera en tempestad, se despierta el huracán. Todas las humillaciones de la semana, todos los problemas quedarán recogidos en la escena dominical.
Él insiste. Entonces ella, de manera automática, empieza a toser. ¡Síntoma fatal!
-¿Qué es ese ruido? Ve a escupir si estás enferma.
-No estoy enferma. Estoy carraspeando.
El decorado ya está montado, la dramaturgia ya me la sé de memoria. La tensión sube sensiblemente, como una fiebre. un incidente degenera en tempestad, se despierta el huracán. Todas las humillaciones de la semana, todos los problemas quedarán recogidos en la escena dominical.
Pascal Bruckner: "Un buen hijo"