Mis paredes, mi calma y mi vigilia:
El recinto y el tiempo de estar en mí, conmigo.
A salvo, finalmente
Completamente a salvo
del dolor, la razón y el consuelo.
Sin temblor, sin temor.
Sin atender a nada. Sin aguardar siquiera
a que suceda algo.
Obediente cautivo que enhebra sus jazmines
e insistente cifras, cada noche,
que en su ábaco ordena las estrellas,
así yo voy limando bayonetas y heridas
de rencores y lágrimas.
Porque ya nada importa.
Mientras tanto, las sirenas, gimiendo,
cruzan las avenidas,
el ámbar parpadea en las encrucijadas,
y, en húmedas alcobas, la soledad tantea,
se desliza por el empapelado,
y abarquilla sus bordes.
Sacudo la tristeza que espolvorea mis sábanas
de rabia y alfileres.
Precinto con silencio la derrota.
No me rindo. No entrego:
simplemente, abandono.
Me oculto en el olvido como en un hondo aljibe,
al margen de la estrella, el jazmín y la lágrima.
El recinto y el tiempo de estar en mí, conmigo.
A salvo, finalmente
Completamente a salvo
del dolor, la razón y el consuelo.
Sin temblor, sin temor.
Sin atender a nada. Sin aguardar siquiera
a que suceda algo.
Obediente cautivo que enhebra sus jazmines
e insistente cifras, cada noche,
que en su ábaco ordena las estrellas,
así yo voy limando bayonetas y heridas
de rencores y lágrimas.
Porque ya nada importa.
Mientras tanto, las sirenas, gimiendo,
cruzan las avenidas,
el ámbar parpadea en las encrucijadas,
y, en húmedas alcobas, la soledad tantea,
se desliza por el empapelado,
y abarquilla sus bordes.
Sacudo la tristeza que espolvorea mis sábanas
de rabia y alfileres.
Precinto con silencio la derrota.
No me rindo. No entrego:
simplemente, abandono.
Me oculto en el olvido como en un hondo aljibe,
al margen de la estrella, el jazmín y la lágrima.
Ana Rossetti: "Punto Umbrío", 1995