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martes, 5 de junio de 2018

Gabriel Aresti, 1981

Seis años, y tu verbo sigue dentro del mío
precisando las voces de este mundo en acecho.
Padre bronco, me diste la tormenta por techo,
la intemperie por muro y por predio el baldío.

Seis años hasta darte mi epitafio tardío,
largamente fraguado en el hondo despecho.
Sobre el erial cernías el vuelo insatisfecho,
gavilán de tiniebla, centinela sombrío.

Me legaste el destino del lobo solitario,
la desazón extrema, la amargura sin tasa
y la acerba certeza de no ser necesario.

Que en el yermo en cenizas no me falte tu brasa.
Que me acosen los perros por guardar tu expoliario.
Que me encuentre la muerte defendiendo tu casa.

Jon Juaristi: Diario del poeta recién cansado, 1985

jueves, 15 de agosto de 2013

Il compagno

Para Antonio Martínez Sarrión

Yo, o lo que fuera entonces, navegaba
por el plácido mar materno,
cuando un día de agosto,
doscientos antes de mi nacimiento,
y contando la misma
edad que ahora yo tengo,
del mester de la vida dimitiste.
Europa iba saliendo
de la última resaca de su historia
o acaso de la Historia. En el albergo,
la lámpara de mesa reunía
quince tubos vacíos en el cerco
de su luz mortecina y, desde la penumbra,
la tersa baquelita del teléfono
parecía usurpar las imposibles formas
de un noble buda de ébano.

No te preguntaría, aunque pudiese,
si abajo resplandece un alba de oro viejo,
pero saber quisiera
de quién eran los ojos con que salió a tu encuentro,
qué rostro de mujer te reclamaba
desde los tenebros ejidos del silencio.
Pavesa desprendida
de los rescoldos del reciente incendio
que ya se nos perdía, hacia la noche
profusa de los tiempos,
¿qué banderas contrarias tremolaron
delante del espejo?
¿Oíste una voz ronca en medio de las voces
del ronco griterío que precedió el descenso?
¿Puso el amor esquivo un poco de dulzura
en tu copa de sombra, olvido y desaliento?

Destartaladas ediciones
de tus libros de versos,
que me hicieron antaño menos ardua
la triste travesía de un tramo del infierno,
me acompañan también en esta hora,
bajo el rigor del trueno.
Releo en la alta noche las líneas de tu diario
que más me conmovieron,
y con ellas regresan imágenes soñadas
tantas veces: las flores de un almendro
en los bacanales de Brancaleone;
Santo Stefano Belbo,
escondido en el norte partisano,
y los ríos ligures que morirán muy lejos:
en otro mar, lejano camarda,
en otro mar, como la vida, ajeno.
Jon Juaristi: Tiempo desapacible, 1996

sábado, 15 de junio de 2013

Las viejas amistades

Has subido al desván la ropa de entretiempo
y presagias jornadas
de fastidiosa corrección de exámenes
y eventuales disturbios neurasténicos
cuando te quedes solo en este quinto piso
de una calle con nombre liberal.

Mirando al sesgo los escaparates
compruebas que regresa el rancio estilo
de los años cincuenta (en bañadores)
y alguien te dice que se marcha al Turco
o al balneario castrista.

Entonces te preguntas
cómo será el verano de Rafael Ubierna
en su risueño cementerio cántabro,
sobre el mar que lo arrulla con dolientes peanes;
cómo, el verano de Perico Urquiza,
capitán de mercantes por heladas derrotas;
cómo, el de Antón Eguía, monje en Silos,
que fuera diestro cazador de chochas,
o el de Pepe Lecanda,
asidua carne de hospital psiquiátrico,
de cuyos diez intentos de suicidio
fue cada cual peor
que el anterior.

Sin transición pasasteis, hace un cuarto de siglo,
de Karl May a Karl Marx. De marzo a mayo,
vuestras primeras novias buscaron el arrimo
de discretos garzones unidimensionales.

Y acertaron, sin duda, pues vosotros,
ajenos a los usos de la vida,
confundíais aquello
que aliviaros podía del tiempo y sus estragos
(es decir, esa suerte de rutina apacible,
muro de hábitos nimios que los sabios erigen
frente a las embestidas del impulso tanático)
con cierto desarreglo vagamente romántico.

A quién pedirás cuentas de tus años inútiles,
parte maldita que cediste al viento,
hoy, que empieza el verano
y te faltan las viejas amistades.

Jon Juaristi: Los paisajes domésticos, 1992

lunes, 31 de diciembre de 2012

San Silvestre, 1985

Otra vez me han plantado, ya me veo
enfangado en el güisqui solitario.
A mi edad, sin embargo, es necesario
vigilarse el riñón. Me acuesto y leo.

Las nocheviejas me deprimen. Creo
que las voy a borrar del calendario.
Para el muermo no habrá otro aniversario
ni ganará a mi costa el jubileo.

Vuelvo, hasta que me pesa la cabeza,
a una lectura amena y provechosa:
La Regenta (edición de Juan Oleza).

Y me duermo seguro de una cosa:
tampoco ganaré, el año que empieza,
el concurso de tangos de Tolosa.

Jon Juaristi: Suma de varia intención, 1987

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