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viernes, 8 de marzo de 2019

En el arte, lo que no se ve a primera vista, no se verá nunca, por más que se le dedique horas de observación y examen.

Andrés Trapiello

sábado, 4 de marzo de 2017

En general (hay, por suerte, excepciones), habría que desconfiar siempre de aquellos que anotan con delectación minuciosa los menús que trasiegan. Por haber hecho de la comida algo profundo, serio, con su liturgia, como una religión.

Andrés Trapiello: Las armas y las letras

miércoles, 18 de enero de 2017

Con el orden pierde la literatura.

Andrés Trapiello: "Las armas y las letras"

lunes, 18 de julio de 2016

Más peligrosa que la verdad es la media verdad; más que la mentira, la media mentira, y para todo ello se precisa una inteligencia especial: de movimientos inesperados, como los del cangrejo, y versátiles, como los de la anguila.

Andrés Trapiello: Las armas y las letras.

lunes, 23 de mayo de 2016

Para ser político hay que ser optimista, parecerlo o fingirlo.

Andrés Trapiello: Las armas y las letras.

martes, 15 de octubre de 2013

Ripio para un amigo y tres viejos maestros

Es de noche hace rato y ha llovido
en un Madrid dormido y otoñal.
En cada gota del cristal
se refleja mi lámpara y me reflejo yo,
y un rincón de este cuarto y del buró
que fue de Valentín,
y este muerto papel en el que escribo
se refleja también como un recibo
donde llevo las cuentas de mi spleen.
El cielo de mi calle iluminado y rosa
también abre un lugar de este reflejo,
parecido a la boca de una fosa
que besara la muerte en un espejo.
Son ya las nueve, y llueve.
Que nadie te sorprenda preocupado
por saber si esta lluvia es muy distinta
de la que vio Unamuno una vez en Bilbao,
negra como la tinta
o aquella que hace un siglo a Pimentel en Lugo
tanto al hombre le plugo,
o la suya, que vio en París Verlaine,
del color de los charcos
o de los tristes barcos
o cual adiós que nos arranca un tren.
Tampoco te preocupe saber si este poema
antes que aquí se ha escrito.
No es esa la cuestión ni es el problema.
No quieras ser maldito.
Busca, por el contrario,
las fuentes de Unamuno, Verlaine y Pimentel.
Busca en ellos la hiel. Busca su miel.
Que la lluvia de entonces
llora ahora en sus tumbas.
Es dulce y es amarga
y eternamente interminable y larga.
Es la lluvia de siempre. La actual.
Que en lo tocante a lluvias
es un absurdo ser original.

Andrés Trapiello

sábado, 31 de diciembre de 2011

Rosas de San Silvestre

Hace sesenta años, tal día como hoy,
moría en Salamanca don Miguel de Unamuno.
Fue, dicen, un invierno especialmente extremo,
aunque no tanto como lo fue el del año 37
(Teruel, mal pertrechados, bajo cero)
o el que vino después, febrero y marzo
del año 39, invierno registrado
por la cámara muda del espanto
en gentes que buscaban con desesperación,
descalzas, destruidas, un final
que sólo fue principio de un más atroz sufrir.
Hace un rato tan sólo, sesenta años después
de aquella muerte que ignorabas,
trajiste del jardín un puñado de rosas,
si así pueden llamarse,
pequeñas flores hechas de porcelana,
apenas sin color, casi en capullo,
sin desarrollo apenas de su forma.
Va muriendo la tarde que se azula
como niebla en los ojos de un lactante,
como visión de un muerto
cuyos ojos son ya un lago helado
con gentes que en él van patinando.
Un hilo conductor te trae
desde aquel 36, desde Unamuno,
a estas pequeñas flores. Un camino secreto
que pasa por tu padre, por la guerra,
por la nieve y ventisca del año 39,
por la nieve que ahora se posa en el jardín
sin llegar a cuajar, no menos cruel ni fría,
por la mano de nieve que quiso hacer de tales rosas
mínima celebración de cuanto espera.
Un camino secreto que es como tú mismo,
por donde llegas hoy, tarde de San Silvestre,
hasta esta misma casa, preguntando por ti,
hablándote de cosas ya pasadas,
de muertos, de presagios, de fulgores
sin hilación alguna,
para sentir tal vez tu vida como un copo de nieve
que aun antes de posarse se ha deshecho.

Andrés Trapiello (León, 1953): Inédito en 1998

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