Hace sesenta años, tal día como hoy,
moría en Salamanca don Miguel de Unamuno.
Fue, dicen, un invierno especialmente extremo,
aunque no tanto como lo fue el del año 37
(Teruel, mal pertrechados, bajo cero)
o el que vino después, febrero y marzo
del año 39, invierno registrado
por la cámara muda del espanto
en gentes que buscaban con desesperación,
descalzas, destruidas, un final
que sólo fue principio de un más atroz sufrir.
Hace un rato tan sólo, sesenta años después
de aquella muerte que ignorabas,
trajiste del jardín un puñado de rosas,
si así pueden llamarse,
pequeñas flores hechas de porcelana,
apenas sin color, casi en capullo,
sin desarrollo apenas de su forma.
Va muriendo la tarde que se azula
como niebla en los ojos de un lactante,
como visión de un muerto
cuyos ojos son ya un lago helado
con gentes que en él van patinando.
Un hilo conductor te trae
desde aquel 36, desde Unamuno,
a estas pequeñas flores. Un camino secreto
que pasa por tu padre, por la guerra,
por la nieve y ventisca del año 39,
por la nieve que ahora se posa en el jardín
sin llegar a cuajar, no menos cruel ni fría,
por la mano de nieve que quiso hacer de tales rosas
mínima celebración de cuanto espera.
Un camino secreto que es como tú mismo,
por donde llegas hoy, tarde de San Silvestre,
hasta esta misma casa, preguntando por ti,
hablándote de cosas ya pasadas,
de muertos, de presagios, de fulgores
sin hilación alguna,
para sentir tal vez tu vida como un copo de nieve
que aun antes de posarse se ha deshecho.
moría en Salamanca don Miguel de Unamuno.
Fue, dicen, un invierno especialmente extremo,
aunque no tanto como lo fue el del año 37
(Teruel, mal pertrechados, bajo cero)
o el que vino después, febrero y marzo
del año 39, invierno registrado
por la cámara muda del espanto
en gentes que buscaban con desesperación,
descalzas, destruidas, un final
que sólo fue principio de un más atroz sufrir.
Hace un rato tan sólo, sesenta años después
de aquella muerte que ignorabas,
trajiste del jardín un puñado de rosas,
si así pueden llamarse,
pequeñas flores hechas de porcelana,
apenas sin color, casi en capullo,
sin desarrollo apenas de su forma.
Va muriendo la tarde que se azula
como niebla en los ojos de un lactante,
como visión de un muerto
cuyos ojos son ya un lago helado
con gentes que en él van patinando.
Un hilo conductor te trae
desde aquel 36, desde Unamuno,
a estas pequeñas flores. Un camino secreto
que pasa por tu padre, por la guerra,
por la nieve y ventisca del año 39,
por la nieve que ahora se posa en el jardín
sin llegar a cuajar, no menos cruel ni fría,
por la mano de nieve que quiso hacer de tales rosas
mínima celebración de cuanto espera.
Un camino secreto que es como tú mismo,
por donde llegas hoy, tarde de San Silvestre,
hasta esta misma casa, preguntando por ti,
hablándote de cosas ya pasadas,
de muertos, de presagios, de fulgores
sin hilación alguna,
para sentir tal vez tu vida como un copo de nieve
que aun antes de posarse se ha deshecho.
Andrés Trapiello (León, 1953): Inédito en 1998