Toda la vida he detestado los domingos, por las obvias razones genuinamente británicas (los "Cantos de Alabanza", las tiendas cerradas, esa salsa espesa que se va enfriando y a la que ni por asomo querrías acercarte, aunque ya sabes que nadie va a dejar que te escapes de ella) y por las no menos obvias razones internacionales, pero este domingo ya es el colmo. Podría hacer montones de cosas; tengo cintas que grabar, vídeos pendientes de ver, llamadas telefónicas que devolver... Pero nada de eso me apetece. Vuelvo al piso a la una; a las dos se me han puesto tan crudas las cosas que decido ir a casa, a casa de verdad, a casa de mamá y papá, con su salsa espesa que se va enfriando y sus "Cantos de alabanza". Me bastó con desvelarme en medio de la noche y preguntarme de golpe y porrazo cuál es mi sitio en este mundo: mi sitio no está en casa, y no quiero que esté en casa, pero al menos es un lugar que conozco.
Nick Hornby: "Alta fidelidad".