Me acuerdo de cuando tenía que llamar a mi madre al teléfono de una vecina, y esperar a que fueran a avisarla mientras sonaban los pasos en el contador de la cabina telefónica, en el locutorio de la Gran Vía. Escuchaba por fin su voz y me entraba una congoja que después sólo he vuelto a sentir muy raras veces, una sensación de estar muy lejos y de haber dejado sola a mi madre mientras envejecía. (...) Colgaba uno el teléfono y de golpe se restablecía toda la distancia, y con ella, aparte de la desolación de salir a la calle un domingo por la noche, también el alivio algo canallesco de haber concluido una conversación incómoda en la que no tenía uno nada que decir.
Antonio Muñoz Molina: Sefarad