Mi padre solía llevarme al cine los domingos por la mañana cuando ponían algo que quería ver o no tenía otra cosa que hacer. Había un cinematógrafo con aire acondicionado que se llamaba Trixi, que estaba en la calle principal que llevaba hasta el golfo. Las películas empezaban a las diez y terminaban a las cuatro de la tarde, con cortometrajes y dibujos animados y película que se proyectaban sin interrupción y todo por una sola entrada que costaba cincuenta centavos. Nos quedábamos a todas las proyecciones, comiendo dulces y palomitas de maíz y bebiendo Dr Pepper, y disfrutando de Tarzán o de Jim de la Selva, y de Jhonny Mashane y Hopalang Carridy, además de Los Tres Chiflados y de Laurel y Hardy y de los noticiarios y de los viejos documentales bélicos, que a mi padre le gustaban mucho. Salíamos a las cuatro de la sala fresca y volvíamos al calor y al salitre y la falta de aliento de la tarde costera del golfo. Cegados por el sol y mareados y sin hablar de haber perdido el día sin sacar gran cosa en limpio.
Richard Ford: Canadá