La gente del barrio se conformaba con lo que tenía, sin problemas,
bien fueran obreros, profesionales de artes y oficios o algún que otro
hombre rico. Unos bebían y otros eran abstemios. Unos iban a misa los
domingos y celebraban la palabra del Señor, herrumbrosos y con cierto
remordimiento tras la noche del sábado: "...y perdona nuestras deudas",
otros se ponían el sombrero y paseaban por el centro con sus esposas que
quizás acababan de comprarse un abrigo nuevo, y se quitaban el sombrero
para saludar distinguidamente. Las mujeres miraban los escaparates y
admiraban los hermosos vestidos y las elegantes pamelas traídas de
Copenhague o Londres. Los hombres apuntaban la vista hacia el mar para
contemplar cómo llegaban los barcos, o tal vez veían pasar un flamante
automóvil nuevo, como un sueño resplandeciente que recorría
Austurstraeti. Al mediodía, el olor a cordero asado, invadía cada calle y
cada rincón y después la gente se acostaba a hacer la digestión hasta la
hora del café. Algún que otro hombre desaliñado se asomaba a la ventana
de su casa en camiseta interior y le pedía a alguno de los chavales que
jugaban en la calle que se acercara a la tienda para traerle una cerveza
fría sin alcohol. "¡Puedes quedarte con la vuelta!", voceaba.
Arnaldur Indridason: Pasaje de las sombras