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domingo, 24 de enero de 2016

CUADERNO DEL DOMINGO

La gente del barrio se conformaba con lo que tenía, sin problemas, bien fueran obreros, profesionales de artes y oficios o algún que otro hombre rico. Unos bebían y otros eran abstemios. Unos iban a misa los domingos y celebraban la palabra del Señor, herrumbrosos y con cierto remordimiento tras la noche del sábado: "...y perdona nuestras deudas", otros se ponían el sombrero y paseaban por el centro con sus esposas que quizás acababan de comprarse un abrigo nuevo, y se quitaban el sombrero para saludar distinguidamente. Las mujeres miraban los escaparates y admiraban los hermosos vestidos y las elegantes pamelas traídas de Copenhague o Londres. Los hombres apuntaban la vista hacia el mar para contemplar cómo llegaban los barcos, o tal vez veían pasar un flamante automóvil nuevo, como un sueño resplandeciente que recorría Austurstraeti. Al mediodía, el olor a cordero asado, invadía cada calle y cada rincón y después la gente se acostaba a hacer la digestión hasta la hora del café. Algún que otro hombre desaliñado se asomaba a la ventana de su casa en camiseta interior y le pedía a alguno de los chavales que jugaban en la calle que se acercara a la tienda para traerle una cerveza fría sin alcohol. "¡Puedes quedarte con la vuelta!", voceaba.
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