Como era domingo, podía deambular lentamente por el piso en albornoz, poner a hervir el agua para el café y prepararse sin prisa para ir a la iglesia. Hasta el día siguiente no sería necesario que se diera prisa para levantarse, salir a la calle e ir al lúgubre metro, con sus olores metálicos, para realizar, apretujada, el sombrío trayecto hasta el taller de pulimento de lentes, a donde llegaría justo a tiempo para introducir su ficha en el reloj registrador.
Aquel era un día de descanso.
Aquel era un día de descanso.
Richard Yates: Una providencia especial.