Me despertó el olor del mar. El mar soñado en una ciudad más fría, entre unas sábanas más ásperas, bajo una luz más tenue. Hice ademán de levantarme, pero ella se encogió y se apretó contra mi costado; su cuerpo caliente buscaba acomodo en sueños y encontró nuevo refugio en el latido de mi pecho.
Soplando suavemente en la caracola de su oído, le hice llegar el rumor de esas olas que no pueden describirse. Ella se estremeció, lentamente abrió sus ojos adormilados de agua en calma.
Nos besamos: la sal inundó mi boca, la habitación se llenó de espuma y de barquitos de papel.
Pereulok