Aquel verano hizo mucho calor y teníamos la seguridad de que nadie nos encontraría allí nunca. Por la tarde recorríamos el terraplén y buscábamos el sitio de la playa donde la muchedumbre era más densa. Entonces bajábamos a la playa hasta encontrar un pequeño espacio libre para echarnos sobre nuestras toallas de baño. Jamás hemos sido más felices que en aquellos momentos, perdidos entre la muchedumbre con olor a "Ambre Solaire". Los niños a nuestro alrededor construían sus castillos de arena y los vendedores ambulantes pasaban entre los cuerpos tumbados ofreciendo sus helados. Éramos como todo el mundo, nada nos diferenciaba de los otros, en aquellos domingos de agosto.
Patrick Modiano: "Domingos de agosto", Alfaguara, 1989.