No es extraño que el verano haya venido hoy a mi cabeza. Es domingo. es domingo también significa quietud, falta de normas, abandono. Quisiera no hacer nada. Quisiera no tener ninguna responsabilidad los domingos. Me despierto con esa sensación, la de que hoy es un día distinto, mucho más lento que los otros; haré lo que me venga en gana. Luego veo que hay que recoger un poco la casa, que hay que preparar la comida. Edo contradice lo anterior. Me desconcierta. Cae la tarde y el domingo se detiene. A las ocho, en la oscuridad invernal, vislumbro al fin la calma. La casa está desordenada. Sobre todo, la cocina, pero ya nada me obliga a luchar por mantener cierto orden. No me preocupa si queda algo de comida para cenar. Ahora sí, ahora deterndría el tiempo. Estoy sentada en el extremo de un sofá en el cuarto de estar. Mis hijos, en la otra parte del cuarto, ven la televisión. Fútbol. Es la hora en que, entre semana, se producían puntuales, casi implacables, las llamadas telefónicas de mi madre. La hora en que me preparo una copa. La hora en que, en el piso de mis padres, la noche triste del domingo caía sobre ellos y sobre mí el último año de la vida de mi madre. Una noche densa en una calle de Madrid a la que al fin salía yo, muerta de frío, sin poder llorar, sola en la calle en busca de mi coche que, por ser domingo, había podido aparcar cerca de casa de mis padres. Volvía a casa con un trozo de vacío dentro de mí, un vacío oscuro y denso, un vacío invernal.
Los domingos de este último año han sido lentos, por eso ha vuelto la sensación del verano.
Soledad Puértolas: "Con mi madre", 2001.