(...) Sobre lo que pretendía escribir era sobre los domingos, sobre sus largas e inquietantes tardes. ¿Adónde lleva la tarde de un domingo? ¿Adónde la suma de todas las tardes de todos los domingos de una existencia media?
Debo decir que ese día festivo de la semana me ha parecido siempre un día cruel, quizá porque está hecho para una pereza imposible, pero también porque en sus tardes anida la desazón y el miedo a preguntarse qué es la vida o para qué sirve, al fin, el esfuerzo desarrollado durante el resto de la semana.
Tengo cuarenta y cinco años y arrastro este temor a los domingos desde la niñez. Él ha determinado mi existencia, que ha carecido de otro objetivo que escapar a la maldición de ese día feriado que en los calendarios suele señalarse con una mancha roja. Así, cuando era adolescente, en lugar de salir con mis amigos, pasaba las tardes de los domingos en mi cuarto, realizando trabajos manuales que me ayudaban a hacer frente a ese momento en el que la luz del día parece sufrir una vacilación, como si dudara entre la posibilidad de durar eternamente o la de entregarse a la noche.
Tengo cuarenta y cinco años y arrastro este temor a los domingos desde la niñez. Él ha determinado mi existencia, que ha carecido de otro objetivo que escapar a la maldición de ese día feriado que en los calendarios suele señalarse con una mancha roja. Así, cuando era adolescente, en lugar de salir con mis amigos, pasaba las tardes de los domingos en mi cuarto, realizando trabajos manuales que me ayudaban a hacer frente a ese momento en el que la luz del día parece sufrir una vacilación, como si dudara entre la posibilidad de durar eternamente o la de entregarse a la noche.
Juan José Millás, "El clavo del que uno se ahorca" (Primavera de Luto, 1989)