Lo satánico de la existencia es que el hombre no se transforma con el tiempo, sino que permanece uno mismo por dentro, y el chico luciente de los diecisiete años —e incluso el niño— se siente de pronto paralizado, torpe y roto en un cuerpo de viejo. Las alegrías no alegran porque no le ocurren al niño triste que fuimos, sino a un suplantador que llevamos por fuera. El niño triste solamente las mira. Y la vejez no se soporta porque uno por dentro no se ha vuelto viejo, sino que su cuerpo se le ha ido distanciando, y ese viejo horrible es el suplantador externo del doncel que uno sigue siendo en la imaginación.
Francisco Umbral: La noche que llegué al café Gijón.