De joven hice amistad con un compañero de trabajo que los domingos se ponía sombrío a media mañana y seguía así hasta que ingresaba en la cama por la noche. A veces comíamos juntos en un restaurante económico cercano a la oficina, y él siempre se empeñaba en hablar de esta tendencia suya a la tristeza dominical, no tanto porque esperaba de mí una explicación satisfactoria como por buscarla dentro de sí.
-Yo creo- solía decirme- que no estoy dotado para llenar las horas. Por eso, después del desayuno, cuando veo todo el día por delante, me entra una angustia insoportable. No quiero ni decirte lo que siento en vacaciones como las de Semana Santa, que parecen un domingo estirado.
(...)
-Y lo peor- añadía mi amigo- es que cuando las horas pasan tampoco siento un alivio especial, porque las lleno con cosas sin sustancia. Al final del domingo, si miro hacia atrás, veo todo ese tiempo que no he sabido ocupar como Dios manda y siento unos remordimientos de conciencia que me matan. No tengo arreglo. Por mí, me instalaría en un lunes permanente.
Nunca le dije que a mí me ocurría algo parecido, porque en esa época estaba muy mal visto tener afecto al lunes. Ahora puedo decirlo sin miedo a la censura: el lunes es como una madre. Te recibe con los brazos abiertos, sin reprocharte nada, con cada minuto lleno de sí mismo. Sólo tiene un problema: que se acaba en dirección al martes, donde se inicia de nuevo la pendiente hacia el domingo.
-Yo creo- solía decirme- que no estoy dotado para llenar las horas. Por eso, después del desayuno, cuando veo todo el día por delante, me entra una angustia insoportable. No quiero ni decirte lo que siento en vacaciones como las de Semana Santa, que parecen un domingo estirado.
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-Y lo peor- añadía mi amigo- es que cuando las horas pasan tampoco siento un alivio especial, porque las lleno con cosas sin sustancia. Al final del domingo, si miro hacia atrás, veo todo ese tiempo que no he sabido ocupar como Dios manda y siento unos remordimientos de conciencia que me matan. No tengo arreglo. Por mí, me instalaría en un lunes permanente.
Nunca le dije que a mí me ocurría algo parecido, porque en esa época estaba muy mal visto tener afecto al lunes. Ahora puedo decirlo sin miedo a la censura: el lunes es como una madre. Te recibe con los brazos abiertos, sin reprocharte nada, con cada minuto lleno de sí mismo. Sólo tiene un problema: que se acaba en dirección al martes, donde se inicia de nuevo la pendiente hacia el domingo.
Juan José Millás: Días laborables (Cuerpo y prótesis).