Todo empezó cuando el vecino del ático encargó rejas para sus ventanas. «¿Y eso, Joaquín?», le pregunté en el ascensor. A un conocido, me explicó, le habían entrado a robar en casa descolgándose desde el terrado: habían accedido saltando desde el andamio de una obra que estaban haciendo en el edificio de al lado. «No quiero que me pase a mí lo mismo», me dijo. Asentí con la cabeza y salí pensativo del ascensor.
Pensativo se debió quedar también el vecino del Primero A, pues un par de semanas más tarde decidió cerrar también su salón. Había estado analizando atentamente los barrotes blancos del bajo, y se había dado cuenta de lo sencillo que era para cualquiera apoyar un pie aquí, otro allá, y ¡zas!, en un impulso, encaramarse en su alféizar. Cómo no se había dado cuenta antes. Muy pronto Marisa, la del Primero B, siguió su ejemplo. «Me sentía vulnerable —me confesó—. En realidad, desde que mi hijo Juan se marchó a Berlín (¿te conté que le salió un trabajo muy bueno allí? Está muy contento) no duermo tranquila».
Más extraño resultó ver aparecer rejas azules y moradas, muy vistosas, en los ventanales del Cuarto D. «Consultamos a Securitas Direct —nos explicaron Carlos y Margarita, muy ufanos, en la siguiente reunión de vecinos—, y fueron categóricos. Poner una alarma es sin duda lo básico, lo único que puede evitar el robo, pero ¿quién quiere pasar por el disgusto de que lo intenten? Ruidos extraños, arañazos en la puerta, cristales rotos... Una reja tiene un innegable efecto disuasorio. Tienen además muy buenas ofertas, y ofrecen servicio integral 24 horas. Nosotros estamos muy contentos». Nos repartieron algunos folletos. El comercial era muy majo.
Hay dos formas de pasar la canícula de agosto en Madrid: o te la pasas sesteando, o haces obras en el piso. Cuando volví de vacaciones, varias rejas saludaban mi regreso aquí y allá, más abigarradas en los pisos más bajos pero con sus toques de forjado en las alturas, colocados asimétricamente, como si de una especie de rocódromo cubista se tratara.
La decisión de homogenizar la fachada se tomó en la siguiente reunión de vecinos, por unanimidad. «Lo que no puede ser —enfatizó Eusebio, el presidente de la Comunidad—, es que nos pasemos la Ley de Propiedad Horizontal por el forro... ¡Y no miro a nadie!», añadió mientras miraba de reojo a Joaquín, el vecino del ático, que se observaba cabizbajo los zapatos.
Hace un mes que me instalaron mi reja. La derrama no es alta, cincuenta euros durante seis meses. Una cena y un par de copas, como quien dice. La han pintado, como todas, de un bonito verde esmeralda (la votación fue una pesadilla, pero ha sido una buena elección). En tardes como la de hoy, cuando por fin sale el sol después de un largo día de lluvia, a veces me quedo mirando por la ventana a través de la reja: las gotas de agua reflejan los toldos amarillos y las macetas del edificio de enfrente y hacen un curioso efecto óptico, como un caleidoscopio, sobre la pintura metálica de los barrotes. Es muy alegre.
Pensativo se debió quedar también el vecino del Primero A, pues un par de semanas más tarde decidió cerrar también su salón. Había estado analizando atentamente los barrotes blancos del bajo, y se había dado cuenta de lo sencillo que era para cualquiera apoyar un pie aquí, otro allá, y ¡zas!, en un impulso, encaramarse en su alféizar. Cómo no se había dado cuenta antes. Muy pronto Marisa, la del Primero B, siguió su ejemplo. «Me sentía vulnerable —me confesó—. En realidad, desde que mi hijo Juan se marchó a Berlín (¿te conté que le salió un trabajo muy bueno allí? Está muy contento) no duermo tranquila».
Más extraño resultó ver aparecer rejas azules y moradas, muy vistosas, en los ventanales del Cuarto D. «Consultamos a Securitas Direct —nos explicaron Carlos y Margarita, muy ufanos, en la siguiente reunión de vecinos—, y fueron categóricos. Poner una alarma es sin duda lo básico, lo único que puede evitar el robo, pero ¿quién quiere pasar por el disgusto de que lo intenten? Ruidos extraños, arañazos en la puerta, cristales rotos... Una reja tiene un innegable efecto disuasorio. Tienen además muy buenas ofertas, y ofrecen servicio integral 24 horas. Nosotros estamos muy contentos». Nos repartieron algunos folletos. El comercial era muy majo.
Hay dos formas de pasar la canícula de agosto en Madrid: o te la pasas sesteando, o haces obras en el piso. Cuando volví de vacaciones, varias rejas saludaban mi regreso aquí y allá, más abigarradas en los pisos más bajos pero con sus toques de forjado en las alturas, colocados asimétricamente, como si de una especie de rocódromo cubista se tratara.
La decisión de homogenizar la fachada se tomó en la siguiente reunión de vecinos, por unanimidad. «Lo que no puede ser —enfatizó Eusebio, el presidente de la Comunidad—, es que nos pasemos la Ley de Propiedad Horizontal por el forro... ¡Y no miro a nadie!», añadió mientras miraba de reojo a Joaquín, el vecino del ático, que se observaba cabizbajo los zapatos.
Hace un mes que me instalaron mi reja. La derrama no es alta, cincuenta euros durante seis meses. Una cena y un par de copas, como quien dice. La han pintado, como todas, de un bonito verde esmeralda (la votación fue una pesadilla, pero ha sido una buena elección). En tardes como la de hoy, cuando por fin sale el sol después de un largo día de lluvia, a veces me quedo mirando por la ventana a través de la reja: las gotas de agua reflejan los toldos amarillos y las macetas del edificio de enfrente y hacen un curioso efecto óptico, como un caleidoscopio, sobre la pintura metálica de los barrotes. Es muy alegre.
Pereulok
11/05/2020
11/05/2020