Recuerdo entero aquel domingo de siroco mezclado con el bochorno del verano. Carlotta me dejó sola en casa con las persianas bajadas y las ventanas cerradas para mantener el poco fresco que quedaba. Fui a misa a san Rocco, como me gustaba, y el puente, con el polvo flotando en el aire y los frutos secos de los plátanos en los rincones, parecía más largo, como pasaba siempre los domingos. La iglesia estaba casi vacía, los adoquines ardientes bajo las sandalias. Regresé a casa con la boca cerrada, callada, y creo que no del todo insatisfecha, entumecida por el siroco y por la espera de nada.
Alessandra Lavagnino: "Nuestras calles"