Cuando Asunción y Maruja salen, por fin, a la plaza, es de noche, domingo por la noche. Parejas de novios bajan por las calles en cuesta, despaciosamente. En el café Barbieri han abierto los cristales de las ventanas. Se ve lleno, atestado, repleto de familias con los chiquillos que corretean entre las mesas. Las mesas cubiertas de copas llenas de agua, de tazas sucias, de papeles y migajas, pocas migajas. Flota un humo espeso. Salen el vocerío y el humo, a la calle, por las ventanas abiertas. Los camareros, con las chaquetillas blancas y sucias están de pie, apoyados en las columnas. Se refleja toda la multitud del café en los espejos, hasta lo hondo.
- Qué aburridos son los domingos -dice Maruja.
- Ahora sí, pero vendrán otros tiempos, ese hombre lo decía arriba y tenía razón...
- No sé cuándo...
- Todos lo queremos.
- Qué aburridos son los domingos -dice Maruja.
- Ahora sí, pero vendrán otros tiempos, ese hombre lo decía arriba y tenía razón...
- No sé cuándo...
- Todos lo queremos.
Antonio Ferres: Los vencidos