Aquel domingo gris en la cafetería del hotel Europa, mientras veía pasar los coches y recordaba delante de su vaso y su botellín de agua mineral caras y lugares de Zaragoza, anécdotas y fiestas, y tantas peripecias propias de la vida estudiantil, volvió a experimentar la sensación punzante de otras muchas ocasiones, y todos los buenos recuerdos se le representaron de golpe como las hojas de ciertos árboles. ¿De cuáles? Qué más da. Como esas hojas con el anverso de un color y el reverso de otro, aquel de un verde brillante, grato a la vista, este de un verde más pálido que era el verde de la culpa y los remordimientos. Se miraba las manos y se arrepentía de haber sido joven; aún peor, de haber sido feliz.
Fernando Aramburu: Patria