Como ese punto fijo de luz en el paisaje
que tan sólo a sí mismo se ilumina,
o hace brillar el polvo pegado en los cristales,
impidiéndonos ver formas concretas
que fijen el trayecto en la memoria,
así esta larga noche, conforme los extraños
agotan sus historias y acomodan
el sueño contra el hombro vecino, va encenciendo
puntas de cigarrillo en la penumbra
o imprecisas imágenes que tiemblan
al ritmo de la máquina, dejándole al viajero
el oscuro consuelo de los nombres:
la ciudad donde estuvo, la película en bolanco
y negro de su sombra en las aceras,
ciertos bares, o el cuarto de alquiler
donde abrazó aquel cuerpo cuyos rasgos, ahora,
sobre este duro asiento de segunda,
no puede recordar.
En su piel permanecen,
como heridas o puntos luminosos
de un paisaje invisible que, si vuelve,
no reconocerá, pues este tren
solo cruza estas tierras en trayectos nocturnos.
que tan sólo a sí mismo se ilumina,
o hace brillar el polvo pegado en los cristales,
impidiéndonos ver formas concretas
que fijen el trayecto en la memoria,
así esta larga noche, conforme los extraños
agotan sus historias y acomodan
el sueño contra el hombro vecino, va encenciendo
puntas de cigarrillo en la penumbra
o imprecisas imágenes que tiemblan
al ritmo de la máquina, dejándole al viajero
el oscuro consuelo de los nombres:
la ciudad donde estuvo, la película en bolanco
y negro de su sombra en las aceras,
ciertos bares, o el cuarto de alquiler
donde abrazó aquel cuerpo cuyos rasgos, ahora,
sobre este duro asiento de segunda,
no puede recordar.
En su piel permanecen,
como heridas o puntos luminosos
de un paisaje invisible que, si vuelve,
no reconocerá, pues este tren
solo cruza estas tierras en trayectos nocturnos.
Juan Manuel Benítez Ariza: Cuento de invierno, 1992