Suerte que, por lo menos, los domingos salíamos en familia al campo.
El domingo sonaba el despertador, nos levantábamos, nos vestíamos, desayunábamos y cogíamos una manta. Doblábamos la manta y la metíamos en el maletero del coche. Mi padre se ponía al volante y al cabo de una hora llegábamos al campo.
Bajábamos del coche y mi padre se iba corriendo al hangar, a buscar su planeador. Es que el campo, no sé si lo he dicho, al que ibamos los domingos, era un campo de aviación. Mi padre se pasaba el día con su planeador, en compañía de los demás aviadores (todos hombres, no hace falta decirlo), subiendo, bajando, volando, charlando, correteando... Mi madre, mi hermano y yo buscábamos algún rincón en el que estorbásemos lo menos posible, desplegábamos la manta y nos disponíamos, suspirando, a pasar el día.
A las cinco o las seis de la tarde llegaba mi padre por fin. Sudoroso, excitado, hablando atropelladamente de térmicas, laderas, cúmulo nimbos, de si había subido a tantos metros, se había perdido en una nube, estuvo a punto de tener que aterrizar en un campo de patatas... Nosotros plegábamos la manta, y la feliz familia, consumido su día de fiesta, emprendía el regreso a Barcelona.
El domingo sonaba el despertador, nos levantábamos, nos vestíamos, desayunábamos y cogíamos una manta. Doblábamos la manta y la metíamos en el maletero del coche. Mi padre se ponía al volante y al cabo de una hora llegábamos al campo.
Bajábamos del coche y mi padre se iba corriendo al hangar, a buscar su planeador. Es que el campo, no sé si lo he dicho, al que ibamos los domingos, era un campo de aviación. Mi padre se pasaba el día con su planeador, en compañía de los demás aviadores (todos hombres, no hace falta decirlo), subiendo, bajando, volando, charlando, correteando... Mi madre, mi hermano y yo buscábamos algún rincón en el que estorbásemos lo menos posible, desplegábamos la manta y nos disponíamos, suspirando, a pasar el día.
A las cinco o las seis de la tarde llegaba mi padre por fin. Sudoroso, excitado, hablando atropelladamente de térmicas, laderas, cúmulo nimbos, de si había subido a tantos metros, se había perdido en una nube, estuvo a punto de tener que aterrizar en un campo de patatas... Nosotros plegábamos la manta, y la feliz familia, consumido su día de fiesta, emprendía el regreso a Barcelona.
Laura Freixas: Adolescencia en Barcelona hacia 1970