A mi otra abuela también le gustaba leer, pero tampoco la dejaban. Sólo se lo permitían, a modo de excepción, los domingos. Ese día, con mucha prosopopeya, su padre le entregaba la llave de la biblioteca acristalada para que eligiese un libro; por la noche tenía que devolverlo (y ella fingía obedecer, pero hacía trampa: no cerraba la vitrina con llave y, así, a escondidas, seguía cogiendo libros).
Laura Freixas: Adolescencia en Barcelona hacia 1970