A Javier Siles
Donde nunca has estado
suenan ritmos de cielos,
superficies surcadas
por sonidos de sal
y la luz en las hojas
cicratriza un deseo
de plisados países
donde nunca estarás.
Bajo nieves nimbadas
o en auroras astrales.
En arenas remotas
o carmín de coral.
Bajo vientos vidriados
o en las aguas de ágata
o en las pálidas dársenas
de la noche polar.
Sobre cimas de espuma
o el alud del Átlántico
en la raya del día
o el azul de Ceylán
o entre lagos lumínicos
o bastiones basálticos
detenido en el Índico
de visión vesperal.
O en poniente de pórfido
a la luz del Adriático
donde el cobre es cobalto
y el verdor, boreal.
Por los belfos del Bósforo
y sus bordes rosáceos,
los colores del África
o la asiática sal.
Por las radas doradas
y los golfos más gélidos
o las torres de Tracia
de calígine y sal.
Por las playas de púrpura
o de esteros de estuco
o de estría esmaltada
o de estela esquimal.
Junto al erbio erizado
el negror del niorbio
y el briol de la brea
y la estopa espectral.
De los climas cromáticos
al monocromo océano,
de los puertos del Plata
hasta el curso del Khan.
Rumbo al Trópico lento
o a los brillos del Báltico
o a las tórridas dunas
o al marmárico mar.
A los límites líquidos
o al Erídano ebrio,
a los hielos de yodo
o al hialino Indostán.
A los tonos topacios
que tatúan las teas
o las tierras que tiemblan
bajo un sol sideral.
A las olas que pulsa,
con su pulso, el Pacífico
o las islas que lava,
con su lava, un volcán.
A todo lo que existe
más allá de uno mismo.
A todo lo lejano,
Navegar, navegar.
Jaime Siles: Columnae, 1987