Llegué a Madrid a media mañana. No había nadie en la calle y eran
más anchas las avenidas sin tráfico, muy rara la quietud y el silencio.
En la esquina del Banco de España había un charco de botellas rotas y
vómitos, residuos duraderos de la Nochevieja. Yo no conocía a nadie en
Madrid. El tren hacia Lisboa no salía hasta las once de la noche. Era
uno de esos días helados y luminosos de invierno que a media tarde ya se
han volcado sin aviso hacia una desolación de anochecer, el túnel oscuro
del final del domingo.
Antonio Muñoz Molina: Como la sombra que se va