Los domingos nos daban dos reales,
quizás para el tranvía;
pero todos los hacíamos humo, cigarrillos
y tos para dos horas.
Luego cada niño era pájaro:
la jaula se abría nueve horas por semana.
Siempre la ilusión tenía nombre de Domingo
y se llamaban Soledad los demás días.
quizás para el tranvía;
pero todos los hacíamos humo, cigarrillos
y tos para dos horas.
Luego cada niño era pájaro:
la jaula se abría nueve horas por semana.
Siempre la ilusión tenía nombre de Domingo
y se llamaban Soledad los demás días.
Francisco Carvajal: "Primero oí que me llamaban niño", en Escrito a mano, 1986