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domingo, 26 de julio de 2015

CUADERNO DEL DOMINGO

Enjugo esa memoria inducida con otra propia muy grata, gustativa, del único domingo en que mi madre se hizo con un cruasán. La veo abriéndolo ceremoniosamente por la mitad, a lo largo, echándole aceite y azúcar y dándomelo a comer como se le ofrecería a una princesa. Yo no podía tener más de tres años, así que debo tratar con reverencia este detalle, una de las gemas que permanecen en el intangible baú del despertar de los sentidos. También es un homenaje a la belleza de las cosas pequeñas, que el hipotálamo me devuelve siempre que paso por delante de una pastelería, cuando estoy parada ante el bufé de desayunos de un hotel, o simplemente cuando cierro los ojos en un momento de vigiia. Cruasán. Se hace la magia, y el tufo a humedad y hacinamiento desaparece. Es de nuevo domingo, crujiente y dulce.

Maruja Torres: Diez veces siete (Una chica de barrio nunca se rinde)

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