Las tardes de domingo, mientras en todas las casas del vecindario sonaba el ruido de las radios transmitiendo los partidos de fútbol, en la nuestra reinaba el silencio: mi padre leía junto a la ventana, aprovechando la luz de la tarde; luego, bajaba la persiana y encendía la lámpara de pie que hay junto a la que, por entonces, era la única butaca de la casa, y seguía allí ensimismado en su libro hasta la hora de la cena, después de la cual volvía a la butaca para proseguir su lectura. Alma de artista.
Rafael Chirbes: En la orilla