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martes, 30 de septiembre de 2014

El negro

Como siempre en la vida, las líneas blancas se turnan con las negras, en lugar de la buena fortuna llegan las desilusiones. Todo cambia, todo debe cambiar. Así debe ser, es lo establecido. Lo sé, y no estoy en contra, sólo me queda esperar. Esperar un milagro. Y deseo abiertamente, quiero con todas mis fuerzas que mis líneas negras se mantengan por más tiempo, que no se vuelvan blancas.

No me gusta el color blanco. El blanco es el color de la impotencia y de la condena, el color de los techos de hospital y de las sábanas blancas. La asistencia garantizada y la tutela, el silencio, la calma: la nada. La nada eterna de la vida en el hospital.

El negro es el color de la lucha y de la esperanza. El color del cielo nocturno, el fondo claro y singular de las visiones nocturnas, de los intervalos de tiempo entre blancos, entre los largos e interminables intervalos diurnos de los impedimentos corporales. El color de los sueños y de los cuentos, el color del mundo interior de los que están encerrados. El color de la libertad, el color que yo elegí para mi silla de ruedas eléctrica.

Y cuando marche a lo largo de una formación de benevolentes e impersonales maniquíes en bata blanca y por fin llegue a mi final, a mi noche eterna personal, tras de mí sólo quedarán unas letras. Mis letras, mis letras negras sobre un fondo blanco. O eso espero.

Rubén David González Gallego: "Blanco sobre negro" (2002)

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