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domingo, 17 de agosto de 2014

CUADERNO DEL DOMONGO

Jessica odiaba las tardes de domingo. Las mañanas eran agradables. Le gustaba el bullicio del desayuno y arreglarse para ir a la iglesia. Los vestidos del domingo eran un fastidio, pero a pesar de lo incómodos que eran le sentaban muy bien. Luego, al salir de la iglesia y disfrutar del soleado mediodía, te entraba una especie de exaltación. El cielo estaba limpio, claro y brillante, todo el mundo se mostraba cordial, ¡y había helado para comer! A Jessica le gustaban las mañananas de domingo.
Pero las tardes eran algo distinto. Era un tiempo de soledad. La granja ya no parecía un hogar. Nada resultaba familiar ni real. Te sentías sobrecogido, aturdido por el calor; no se podía salir y nadie podía entrar. Y la soledad era tanta que describirla resultaba imposible.
Las personas a tu alrededor también cambiaban. Hacían la siesta. Se sentaban en los porches, meciéndose y abanicándose, leyendo los periódicos dominicales y contemplando el camino.

Jetta Carleton: "Cuatro hermanas"

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