Y sin embargo era fácil imaginárselo fuera del trabajo sometido a una existencia que no era fruto de una elección sino de un destino de clase, de educación, de entorno, de coeficiente intelectual: los domingos levantarse tarde, pelear con los hijos adolescentes, irse a tomar unas cañas con los amigos antes de comer, volverse a pelear con los hijos en la sobremesa, y a la mujer un tú te callas cada vez que intente intervenir, una siesta de ronquidos y mal sabor de boca, un anís para quitarlo, la televisión si no hay visitas -si nadie cumple años ni se casa ni se muere ni cae enfermo-, más televisión hasta la noche, cena hecha de silencios y masticados ruidosos, y los chicos qué, que tampoco vienen a cenar esta noche, una existencia de derrotas tan continuadas que no se diferencian unas de otras.
José Ovejero: "Nunca pasa nada", 2007