Existen sólo las cosas cotidianas,
y son, en su quietud, imprescindibles
para ese oficio que llamamos vivir.
Sabemos ya sus historias inmóviles,
y su presencia es hábito, consuelo
frente a lo que incansablemente cambia.
Sabemos sus materias: cristal, papel,
cerámica, y sus rostros son nuevos cada día,
porque es nueva a diario la mirada
con que amparamos nuestra soledad,
el temor al vacío, los presagios de la muerte.
y son, en su quietud, imprescindibles
para ese oficio que llamamos vivir.
Sabemos ya sus historias inmóviles,
y su presencia es hábito, consuelo
frente a lo que incansablemente cambia.
Sabemos sus materias: cristal, papel,
cerámica, y sus rostros son nuevos cada día,
porque es nueva a diario la mirada
con que amparamos nuestra soledad,
el temor al vacío, los presagios de la muerte.
Juan Lamillar: El paisaje infinito, 1992.