Era un domingo ordinario como habíamos vivido tantos en la casa de la Avenida Norte. Levantarnos a esperar la visita de los tíos a almorzar menudo a El Rábano, una fonda cerca del mercado Portales; volver con las bolsas de comida y aguardar la llegada de la tarde; ver el fútbol sentados en los sillones de la sala grande mientras los primos más chicos, que no entendían nada de este deporte, corrían por los pasillos de la casa: domingos comunes, poco amargos. Después de comer se nos permitía salir al callejón para patear la pelota los varones, y mecerse en un columpio improvisado las niñas, rutina que pese a ser tan poco emocionante esperábamos durante la semana con una ansiedad idiota. Los niños se conforman con tan poco. Después crecen y comienzan a dar dentelladas sobre todo lo que se mueve.
Guillermo Fadanelli: Educar a los topos