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domingo, 14 de abril de 2013

CUADERNO DEL DOMINGO

Karl Abraham había definido la neurosis del domingo; ahora encuentra su origen estructural. El domingo del asalariado burgués es por excelencia el día de lo unheimlich [inquietante], reuniendo en el mismo lugar las entidades más extrañas una a otra. A propósito, el domingo proletario no vale mucho más. Como el domingo burgués, al que se esfuerza por parecerse lo más posible, produce equívocos infinitamente. Imita a la clase ociosa (costumbre del domingo y deporte) y practica el otium (vida interior y religión, vida exterior y política). en la época en que domingo y misa eran totalmente sinónimos, comprendemos que Marx estuviese a punto de escribir: "La religión es el otium del pueblo". Cuando la literatura sustituyó a la piedad, al menos por lo que toca a los burgueses cultos, comprendemos que algunos hicieran del domingo su alegoría (*). Cuando la Tercera República hubo terminado la absorción de la política por las costumbres parlamentarias, comprendemos que el domingo se convierta en el día de las elecciones.

(*) Sería en verdad muy oportuno discernir si la literatura depende del reposo, del ocio o del otium. Para quien prefiera sin embargo lo equívoco, la alegoría del domingo se impone. Esta última adopta el nombre de "domingo de la vida" en Queneau en tiempos del Frente popular y de Kojève. A la luz de la camadería del camino, Sartre escribirá más tarde "Odio los domingos", alegoría de un "Odio la literatura" siempre amenazador. El razonamiento es claro: el domingo solamente puede ser el lugar de la literatura desligada del trabajo; pero si la literatura es comprometida, se compromete junto al trabajo y, por lo tanto, no está desligada de él. Consecuencia: si la literatura ha de ser comprometida, hay que odiar los domingos.

Jean-Claude Milner, "El salario de lo ideal"

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