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lunes, 4 de febrero de 2013

Dedicatoria a los amigos

   Los reúne una celebración, que te tiene por protagonista: boda quizá, o algo menos traumático como la presentación de un libro tuyo.
   No se conocen entre ellos: sólo tienen en común que padecen tu amistad.
  La sensación que te gana es de perplejidad: las diversas facciones con que la amistad ha ido enriqueciendo tu biografía se extienden ante ti como un ejército.
   Lo forman rostros que vienen de la infancia y en los que sigues reconociendo los gestos de unos niños que ya so humo de unos sueños incumplidos, fantasmales personajes de unas fotografías al que el tiempo fue comiéndoles las esquinas;
   rostros que no te han abandonado desde la adolescencia, con los que compartiste los primeros cigarrillos, Herman Hesse y canciones que ahora te inyectarían una melancolía que no tienen sus letras, proyectos de un mundo mejor que la realidad desbarató de un manotazo;
   rostros que te presentó al profesión y a los que ese obstáculo no les impidió acceder a tu amistad.
   Están ahí, dos o tres decenas de rostros que componen un paisaje que no habías contemplado nunca hasta ahora.
   Te sientes como aquel personaje de Borges que decide componer una geografía imaginaria y tras repartir por le mapa ciudades y aldeas, mesetas, cordilleras, mares y archipiélagos, comprueba al apartarse para mirar el resultado de sus esfuerzos que ha dejado impreso en el papel su propio rostro.
   De la misma manera las diversas facciones con que la amistad ha ido enriqueciéndote dibujan la línea de un solo rostro: el tuyo.
   Y resulta gratificante descubrir que en ese retrato sales especialmente favorecido.

Juan Bonilla: Partes de guerra (1997)

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