La tarde del
domingo. Tristeza. Nada que hacer ni que pensar. De lo alto del cuadrado del cielo
que recorta el balcón mana un polvillo plateado que se va depositando sobre el
adoquinado de la calle. En algún lado, suena una voz clara de mujer.
La tarde del
domingo. Se ven, en la fachada de la casa Grande, unos bultos confusos,
blancos, de hombres en mangas de camisa, hombres que, como yo, no saben en qué
gastar su calderilla de tiempo. Aburrimiento. Y la ovación lejana que llega de
la plaza de toros resume un instante el vacío general.
El sábado es la
escalinata de oro que conduce al domingo. Luego éste se configura siempre como
una meseta desértica en la que no hay nada que hacer salvo aburrirse. Pero no
por eso dejamos cada sábado de ascender la escalinata con el corazón
ilusionado.
El domingo es la
cáscara, la parte exterior de la semana. un día aciago, engañador, al dar idea
de la pulpa que no tiene, esos seis gajos que no hemos comido a lo largo de la
semana, uno por uno.
El domingo, hasta
los letreros de los establecimientos comerciales, tan incisivos los días de
trabajo, parecer destilar aburrimiento.
...
inmensa, en el ámbito del barrio, la tarde sigue vaciándose, incesante en algún
desaguadero celestial. Su larga agonía pesa en todas las mentes. De pronto, de
allá arriba, en la fachada, descienden unos sones de saxofón.
Y estos sonidos torpes, melancólicos,
monótonos, de ese pobre músico que ensaya, él también, en el balcón, se
convierten paulatinamente en un sollozo, en un sordo lamento que lo unifica
todo, en el alma del barrio en su horrorosa tarde de fiesta.
Esas mujeres de la tarde del domingo: criadas
de provocadores jerseys blancos o amarillos, seguidas de reclutas con una
estúpida sonrisa animal en el rostro.
El sexo. La historia de siempre. Senos
grandes, ancas anchurosas. Ellos detrás, como borregos, mirando, sopesándoles
el culo. El instinto sexual siempre nos parece, en los demás, una porquería
fisiológica.
Y este hombre que aviva el paso para
adelantar a una mujer y, al rebasarla, la mira con seriedad, al sesgo, sin
decir palabra, pero con tal agudo filo en la mirada que parece cercenarle los
pechos.
... la
tarde del domingo, en que sería tan dulce suicidarse si no corriera uno el
riesgo de morir.
El domingo, si uno tropieza con alguien de la
oficina, experimenta una discontinuidad, la impresión de que allí hay un error,
como un libro mal compaginado. Si la cara entrevista es la del jefe, la
sensación inmediata es la de estafa.
El domingo, Félix, camisa blanca cuello duro
corbata de nudo minúsculo, es un extraño que huele a Varón Dandy. Ese olor le
da un aire agresivo, es como si se fuera a la guerra.
Alguna vez yo, de mala gana, lo he acompañado
hasta la puerta del Price, el Rialto o el metro. Pero el primer sonido que
llega de dentro, un agudísimo toque de trompeta, me hace desistir, descompuesto
el estómago.
... me pasaré toda la tarde caminando hasta
el agotamiento, solitario entre la multitud de las mil caras.
El maleficio del domingo. O de la
"u", como díría Répide. Aparentemente, el domingo no tiene
"u". Por eso su maleficio es de los peores, porque lo tiene
escondido: baste decir que es una fiesta de guardar.
Antonio Rabinaud: El hombre indigno. Alba Editorial, 2000