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domingo, 6 de enero de 2013

CUADERNO DEL DOMINGO

La tarde del domingo. Tristeza. Nada que hacer ni que pensar. De lo alto del cuadrado del cielo que recorta el balcón mana un polvillo plateado que se va depositando sobre el adoquinado de la calle. En algún lado, suena una voz clara de mujer.

La tarde del domingo. Se ven, en la fachada de la casa Grande, unos bultos confusos, blancos, de hombres en mangas de camisa, hombres que, como yo, no saben en qué gastar su calderilla de tiempo. Aburrimiento. Y la ovación lejana que llega de la plaza de toros resume un instante el vacío general.



El sábado es la escalinata de oro que conduce al domingo. Luego éste se configura siempre como una meseta desértica en la que no hay nada que hacer salvo aburrirse. Pero no por eso dejamos cada sábado de ascender la escalinata con el corazón ilusionado.


El domingo es la cáscara, la parte exterior de la semana. un día aciago, engañador, al dar idea de la pulpa que no tiene, esos seis gajos que no hemos comido a lo largo de la semana, uno por uno.
El domingo, hasta los letreros de los establecimientos comerciales, tan incisivos los días de trabajo, parecer destilar aburrimiento.

 ... inmensa, en el ámbito del barrio, la tarde sigue vaciándose, incesante en algún desaguadero celestial. Su larga agonía pesa en todas las mentes. De pronto, de allá arriba, en la fachada, descienden unos sones de saxofón.
Y estos sonidos torpes, melancólicos, monótonos, de ese pobre músico que ensaya, él también, en el balcón, se convierten paulatinamente en un sollozo, en un sordo lamento que lo unifica todo, en el alma del barrio en su horrorosa tarde de fiesta.

Esas mujeres de la tarde del domingo: criadas de provocadores jerseys blancos o amarillos, seguidas de reclutas con una estúpida sonrisa animal en el rostro.
El sexo. La historia de siempre. Senos grandes, ancas anchurosas. Ellos detrás, como borregos, mirando, sopesándoles el culo. El instinto sexual siempre nos parece, en los demás, una porquería fisiológica.
Y este hombre que aviva el paso para adelantar a una mujer y, al rebasarla, la mira con seriedad, al sesgo, sin decir palabra, pero con tal agudo filo en la mirada que parece cercenarle los pechos.

 ... la tarde del domingo, en que sería tan dulce suicidarse si no corriera uno el riesgo de morir.

El domingo, si uno tropieza con alguien de la oficina, experimenta una discontinuidad, la impresión de que allí hay un error, como un libro mal compaginado. Si la cara entrevista es la del jefe, la sensación inmediata es la de estafa.
El domingo, Félix, camisa blanca cuello duro corbata de nudo minúsculo, es un extraño que huele a Varón Dandy. Ese olor le da un aire agresivo, es como si se fuera a la guerra.
Alguna vez yo, de mala gana, lo he acompañado hasta la puerta del Price, el Rialto o el metro. Pero el primer sonido que llega de dentro, un agudísimo toque de trompeta, me hace desistir, descompuesto el estómago.
... me pasaré toda la tarde caminando hasta el agotamiento, solitario entre la multitud de las mil caras.

El maleficio del domingo. O de la "u", como díría Répide. Aparentemente, el domingo no tiene "u". Por eso su maleficio es de los peores, porque lo tiene escondido: baste decir que es una fiesta de guardar.

   ¿Por qué toda la tarde del domingo, desde cualquier ángulo que se la husmee, huele ligeramente a urinario?


Antonio Rabinaud: El hombre indigno. Alba Editorial, 2000

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