Sasha contempló los cobertizos, las cercas y las varas de los carros cubiertos de maleza que, deformados por la oscuridad, le eran aún más familiares, y sintió compasión por ellos: eran iguales que él, pero permanecían en silencio, no se movían y acabarían muriendo para siempre algún día.
Sasha pensó que si se marchaba, la casa entera y el patio se sentirían aún más tristes por vivir inmóviles en un solo lugar, y se alegró de sentir que era allí necesario.
Andrei Platónov: Chevengur