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martes, 3 de julio de 2012

Lo más dramático de un amor de verano no es que dure poco, sino que sólo cuando termina se muestra ante nosotros en todo su esplendor. Mientras dura, aunque la pasión desborde los límites hasta hacer saltar las costuras, nos empeñamos en ser realistas y no dejarnos llevar por la locura: sabemos que acabará, y creemos que estaremos inmunizados cuando ocurra. Es después mientras el avión se aleja o el tren avanza, cuando vamos olvidando lo que nos decía la razón (...) y comenzamos a creer que una historia fugaz puede despertar sentimientos igual de puros y marcarte hasta el absurdo.

Isabel Garzo, ¿Vuelves?

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