Los domingos eran dias de combate de vallas de buena concurrencia, y por
cosas así le gustaban las mañanas de domingo. No las tardes, se hacían
interminables y vacías después de una siesta y se sentía cansado y
todavía soñoliento hasta el anochecer; tampoco las noches, cualquier
lugar estaba lleno y el refugio de siempre era la casa del Flaco, pero
había algo que hacía densas y tediosas las noches de domingo, no había
juego de pelota siquiera y abrazarse a una botella de ron era tortuoso
con la amenaza palpable del lunes. Las mañanas no: las mañanas de
domingo el barrio amanecía bullicioso y callejero (...). Disfrutaba como
ninguno de sus amigos aquel ocio dominguero en el barrio, y después de
tomarse un café, salía a comprar el pan y el periódico y generalmente no
regresaba hasta la hora tardía del almuerzo dominical.
Leonardo Padura: "Pasado perfecto"