REPETÍA SU NOMBRE COMO UN MANTRA, con voz inexpresiva repetía su nombre en un bucle, sin pausa, de tal manera que se perdía el sentido y sólo quedaba un zumbido terrible que taladraba los oídos. Habla, di algo, le habían dicho, grita, no calles. Y había iniciado aquella nana inerte más terrible que el silencio.
Repetía su nombre como en un rezo de incienso, acompañándose con el cuerpo, un movimiento rítmico y brusco que la protegía de cualquier caricia. Se movía sin moverse, arrodillada en el suelo y camuflada en sus ropas, era parte de la tierra, parte del suelo del polvo la luz y el aire, y las mismas entrañas de la tierra gemían por su boca.
Repetía su nombre con el rostro ciego, miraba sin ver el horizonte donde un sol indiferente se escondía tras un monte inanimado. Y ya ni los pájaros cantaban, ni la brisa movía las hojas de los árboles, ni los hombres hollaban la tierra; todo era polvo, polvo era y había sido siempre, la vida y la música se tornaban engaño de los sentidos.
Repetía su nombre.
De improviso calló y se quedó inmóvil. En el éxtasis de la desgracia su nombre se convirtió en grito, aullido de demonios que desgarran la garganta pugnando por salir. Y lloró. Regó en llanto sus entrañas desgarradas, de las que nuevamente habría de surgir, de las que ya estaba surgiendo de nuevo la vida. Las fuerzas para seguir viviendo, al menos.
Shshsh... ya pasó ven aquí... descansa...
Repetía su nombre como en un rezo de incienso, acompañándose con el cuerpo, un movimiento rítmico y brusco que la protegía de cualquier caricia. Se movía sin moverse, arrodillada en el suelo y camuflada en sus ropas, era parte de la tierra, parte del suelo del polvo la luz y el aire, y las mismas entrañas de la tierra gemían por su boca.
Repetía su nombre con el rostro ciego, miraba sin ver el horizonte donde un sol indiferente se escondía tras un monte inanimado. Y ya ni los pájaros cantaban, ni la brisa movía las hojas de los árboles, ni los hombres hollaban la tierra; todo era polvo, polvo era y había sido siempre, la vida y la música se tornaban engaño de los sentidos.
Repetía su nombre.
De improviso calló y se quedó inmóvil. En el éxtasis de la desgracia su nombre se convirtió en grito, aullido de demonios que desgarran la garganta pugnando por salir. Y lloró. Regó en llanto sus entrañas desgarradas, de las que nuevamente habría de surgir, de las que ya estaba surgiendo de nuevo la vida. Las fuerzas para seguir viviendo, al menos.
Shshsh... ya pasó ven aquí... descansa...
Pereulok
(Mayo 2004)
(Mayo 2004)