Pero no hay mañanas de ocio ni tardes de siesta. Sí, la mañanas de los domingo, con sueño, dolor de cabeza y embrutecimiento de la cena del sábado, es para pensar en el fracaso de la vida, para ver del revés las semanas, para verse en una franja de luz viendo las escaleras de sombra del trabajo, las costumbres, las conciliaciones. Y las tardes de siesta, que son tardes de deseo frustrado, de lectura a golpes, de libinosidad abultada y quieta, sin destino, o con un destino único, penoso y no querido.
Francisco Umbral: "Mortal y rosa"