Una de aquellas tardes de domingo, tristes y vacías, en que nadie iba a buscarme, el internado se quedaba desierto y yo pasaba las horas sentado en un rincón de la "sala de fumadores", contemplando los tejados de Pest hasta que caía la noche, ese compañero peculiar me sorprendió en dicha actitud; probablemente él llevaba ya algunos minutos de pie a mis espaldas cuando de pronto reparé en su presencia, me di la vuelta y lo reconocí en la penumbra; entonces le tendí la mano con un gesto involuntario, un gesto generoso que prometía amistad,. Pero él retiró su mano y se echó a reír a carcajadas. Salió de la sala despacio, caminando hacia atrás y sin dejar de reírse con ironía de un modo amenazador. Yo sentí un escalofrío.
Sándor Márai: "Confesiones de un burgués".