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martes, 3 de enero de 2012

Maxim preparó tres porros, le ofreció uno a Nikita y se armó él con el segundo. Encendió una cerilla.
- Es bueno – dijo después de un par de chupadas –, pero no llega a ser como el plan Marshall. Se parece más al plan secreto del sionismo mundial, ¿no?
- Yo no diría eso – respondió Nikita –. Más bien es como el plan leninista del levantamiento armado.
- Ah – se animó Maxim –, ¿algo similar a lo que él cultivaba en Razliv y daba aprobar a los los marineros?
- Sí. También había el plan GOELRO.
- ¿GOELRO? – preguntó Maxim –. ¿El que fumamos la semana pasada? No me gustó mucho. Te dejaba círculos amarillos frente a los ojos.
- Allí también había el plan leninista de cooperación – murmuró Nikita –, el plan de industrialización y el plan para la construcción del socialismo en un solo país.
- ¿Y dónde es "allí"? ¿Donde lo conseguiste?
- Sí – dijo Nikita –. Pero allí no había plan Marshall.
Plan Marshall se llamaba a una variedad asombrosa traída del Lejano Oriente, que el año anterior había circulado por la periferia más alejada del mundo de Nikita, allí donde comienzan los complejos repartos entre delincuentes y donde la hierba se pagaba con entusiasmo en municiones para el Makarov de 9 milímetros que en dinero. Había llegado muy poco plan Marshall, pero dejó una huella tan honda, que cada nueva partida era inevitablemente comparada con aquélla.

 Viktor Pelevin: La vida de los insectos

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