MALDITO DOMINGO
¿Estaba Jehova realmente cansado cuando decidió tomarse libre el séptimo día de su semana más creativa? Permítanme que lo dude, para cualquier dios que se las da de omnipotente crear un mundo de la nada con un inquilino a su imagen y semejanza debe ser cosa de un chasquido de dedos. La invención del domingo y, sobre todo, la del domingo por la tarde fue un castigo, la venganza anticipada de un dios omnisciente que sabía que sus criaturas favoritas iban a traicionarle con el primer ofidio parlante que les saliera al paso.Una vez condenado el género humano a ganarse el pan con el sudor de sus frentes abombadas de homínidos perplejos, la invención del domingo más que una bendición fue una maldición añadida, un vislumbre semanal del paraíso perdido.
Con la pausa dominical, los sudorosos humanos comprenderían mejor lo que se estaban perdiendo por culpa de sus primeros padres y se mostrarían más temerosos de un dios capaz e idear tan refinada tortura y prolongarla a través de generaciones y generaciones con el pecado original y el sentimiento de culpa grabado en el ADN. Tan sombrías meditaciones son fruto de una tarde de domingo en la ciudad, en un barrio moderno y por tanto bastante impersonal que se despersonaliza del todo hasta hacerse incorpóreo en las horas postreras de la semana, en esa lenta pero inexorable corriente que desembocará irremediablemente en el negro estuario de los lunes.
El gris es el color del domingo una vez pasado el mediodía. "Los domingos matan más hombres que las bombas", tituló mi amigo Jesús Cracio uno de sus lúcidos y lúdicos montajes teatrales. El último se nombra "Sólo los peces muertos siguen el curso del río", porque se trata de nadar contra la corriente de no ahogarse en un mar de irrelevantes certidumbres.
La bomba del domingo en estas calles es la bomba de neutrones que volatiliza a los vivos y deja intactac sus obras muertas. Durante los primeros cinco días de la semana, el barrio, zona de oficinas, despachos y servicios, vive su vicaria actividad y se reactiva en las pausas de la jornada laboral, las horas, los minutos, robados o no, del café, del vermú y del menú de todo a 1.000 de cafeterías y restaurantes. Su música es un coro de bocinas histéricas que claman por la doble fila, sus actores, oficinistas, vigilantes de seguridad, porteros de fincas urbanas, amas de casa con bolsas de la compra, obreros de la construcción, mecánicos de los talleres que atienden el parque móvil de la masa asalariada, jubilados y mamás con cochecitos camino del parque más cercano.
Todos huyen cuando llega el fin de semana, caen los cierres y la flota automovilística se dispersa, residentes y flotantes inician la desbandada y junto a las aceras destacan los huecos libres de los aparcamientos.
Incluso los jóvenes guerreros urbanos, que nunca dejan sus campos de asfalto, peregrinan a las zonas de concentración para celebrar sus ritos iniciáticos y alcohólicos y libar de los cálices de PVC, desechables, no retornables, irrecuperables como ellos, que ni siquiera sirven para montar un "cóctel molotov" y arrojárselo a la cara al sistema que les expulsa. Beben y desbeben como si cada fin de semana fuera un ensayo del fin del mundo.
El Apocalipsis sucederá un domingo por la tarde y parecerá un suicidio colectivo, un holocausto de hastío infinito, una falla global en la conciencia de vivir colectiva enfrentada a las fauces de un lunes infinito, de una eternidad de lunes innombrables.
El domingo al caer la tarde regresan los tránsfugas a sus madrigueras, pero apenas pisan la calle, aparcan en sus garajes o recorren en silencio con sus bártulos el trayecto entre el aparcamiento y el portal, y nada más entrar en sus viviendas, corren a encender el televisor para ensordecerse y aturdirse y no escuchar los cantos de las sirenas laborales, o ahuyentar los fantasmas del desempleo, el tedio y la rutina.
Si yo fuera programador de las veladas dominicales en televisión, sembraría la noche con esos programas de imágenes de impacto, grandes catástrofes ajejnas, lejanos peligros y espantosas pero exóticas odiseas. Del mal de muchos, que consuela a los tontos supervivientes.
Moncho Alpuente: "El País", 20/10/1999