Seguro que te has despertado una mañana y te has dado cuenta de que ya no necesitabas la felicidad ni el amor para estar razonablemente vivo. Es un alivio, es tan fácil como alargar la mano y desconectar la radio.
- Supongo que uno se resigna (...).- Uno no se resigna (...). Ésa es otra superstición católica. Uno aprende y desdeña.
Antonio Muñoz Molina: El invierno en Lisboa