El domingo, maldito domingo, bloody Sunday, remata la semana con un rasgo de infinita crueldad, es el toque inefable de Jehová que castigó el pecado original con trabajos forzados a perpetuidad. Si los humanos trabajaran por igual los siete días de la semana acabarían por habituarse a la rutina y apenas sentirían en sus espaldas el peso de la maldición bíblica que cae como una pesada losa con el crepúsculo nocturno del domingo.
Los periódicos dominicales también pesan más ese día, sus suplementos están concebidos para leerse en la sala de espera del lunes inexorable. Para aliviar la melancolía de esas horas, los periódicos del domingo, sin renunciar a su obligación de contar los hechos noticiables más nefastos en portada, trufan sus páginas con materias más amenas y lecturas más ociosas que invitan a la pausa y a la relajación.
Moncho Alpuente: Flores de papel (El País, 17/12/1997)